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F. Alahí Ilustraciones

Desde los orígenes de la historia no contada por la especie humana, en un escondido recodo invisible a los mapas de los conquistadores, cerca de el rio Paraná, Hubo una vez una sirena.             Alahí se llamaba y como era bruja sabía remontar su camalote contra la corriente hacia las cataratas, para contemplar las luces de colores en las gotitas de niebla y hacer arcoíris para sus amigos del cielo, el agua y la tierra. Ninguno le hacia daño. Hasta los caimanes, pulpos y víboras eran los que más se acercaban mimosos, pues ahí todos vivían en una afable simbiosis. 
Hace muchos años de esto, antes de que la denominada “América” tuviese ese nombre, antes de que los españoles llegaran con sus armas a esparcir el horror en  la tierra, cuando este territorio todavía era libre y salvaje, y el resplandor de la naturaleza y del humano animal, se proyectaban juntos en el universo en forma de magia.  Los espíritus, criaturas y sirenas convivían con las mujeres y hombres. Sin embargo la era de la cruz  y la espada desarraigó al hombre de la naturaleza, por lo que muchas de las criaturas mágicas fueron confundidas como  meros espejismos y sueños verbalizados por las abuelas de la tierra. 
 Una noche de  luna, alahi se puso a cantar, y tanto se entretuvo y tan fuerte cantaba recostada lejos de su  camalote, que no oyó que por el agua se acercaba un enorme barco con las velas desplegadas. 
(canción: soy marinero y aventurero, vengo de España y olé. Quiero gloria, quiero dinero y con los dos volveré. Para mí será el dinero, la gloria para mi rey.) 
-¡Callad! –dijo el capitán, -Callad, que alguien está cantando mejor que vosotros. ¿Será quizás un pintado pajarillo cual la abubilla o el estornino, capitán? – dijo un marinero.                
 -Calla, que los pajarillos no cantan de noche. ¡Tirad las anclas!            -¿vamos a tierra, capitán?                                                                      -No, iré yo solo.
El  barco amarró suavemente  muy cerca de alahi, que al ver a los hombres extraños enmudeció y trato de deslizarse hasta su camalote para huir. El capitán saltó a la orilla y la sorprendió. 
Alahi se quedo quieta, mientras cundía la alarma entre todos sus amigos.                                                           
-¡alto allí!    El capitán alzó su farola                                                        -¡una sirena, vive dios! ¿Estaré soñando? ¡Que cosas se ven en estas embrujadas y patrañosas tierras!                                                 
 -Más raro eres tú, -dijo alahi- vestido de lata, acarreando la muerte en tus  manos, empuñando  la cruz con sangre en nombre de tu falso dios,  para enriquecer tus caprichos y a tus innecesarios ídolos.                                                                                                                   -Eres tan bella que paso por alto tu insolencia. Serás mi esposa y reina de los ríos de España. –el capitán se avasalló sobre la sirena y la capturó. 
El capitán la ato al tronco de un árbol. En las ramas los pajaritos temblaban por la suerte de su querida sirena.                                          -Haré un cofre y te encerraré para que no te escapes.- dijo el capitán mientras hachaba un árbol.         
A todo esto, alahi con rabia,  cantaba silenciosamente a sus amigos murciélagos  que la podían escuchar de muy lejos para auxiliarla, se había dado la voz de alarma. Varios caimanes se acercaron sigilosos. Muy cerca relampagueaban los ojos del tigre con toda su familia. Miles de monos saltaron de árbol en árbol hasta llegar al de Alahi, las mariposas estaban agazapadas entre el follaje. Las tortugas hicieron un puente desde la otra orilla para que los armadillos pudieran cruzar.                                         
Cuando estuvieron todos listos, un papagayo dio la señal de ataque:   -¡ahora! , Los monitos se descolgaron sobre el capitán, chillando y tirándole de las orejas.  Los caimanes le pegaron feroces coletazos. Las mariposas revolotearon sobre sus ojos para cegarlo. Dos culebras se le enredaron en los pies para hacerlo tropezar. Luego llegaron los mosquitos y obligaron al capitán a escapar despavorido y trepar por una escala de cuerda hasta la borda de su barco.
–¡Alzad el ancla, levad amarras, izad las velas, huyamos de esta tierra de demonios! Mientras el barco soltaba amarras, los pájaros carpinteros terminaron el trabajo picoteando las cuerdas hasta liberar a  Alahí.
–¡Gracias, amigos, gracias por este regalo, el más hermoso para mí: LA LIBERTAD!
Amanecía cuando la sirena volvió a su camalote, escoltada por cielo y tierra de todos sus amigos. Allá, muy lejos se iba el barco de los hombres extraños. Alahí tomó el rumbo contrario en su camalote y se alejó río arriba, hasta Paitití, el país de la leyenda, donde sigue viviendo libre y cantando siempre para quien sepa oírla.
 
 

Desde los orígenes de la historia no contada por la especie humana, en un escondido recodo invisible a los mapas de los conquistadores, cerca de el rio Paraná, Hubo una vez una sirena.             Alahí se llamaba y como era bruja sabía remontar su camalote contra la corriente hacia las cataratas, para contemplar las luces de colores en las gotitas de niebla y hacer arcoíris para sus amigos del cielo, el agua y la tierra. Ninguno le hacia daño. Hasta los caimanes, pulpos y víboras eran los que más se acercaban mimosos, pues ahí todos vivían en una afable simbiosis.

Hace muchos años de esto, antes de que la denominada “América” tuviese ese nombre, antes de que los españoles llegaran con sus armas a esparcir el horror en  la tierra, cuando este territorio todavía era libre y salvaje, y el resplandor de la naturaleza y del humano animal, se proyectaban juntos en el universo en forma de magia.  Los espíritus, criaturas y sirenas convivían con las mujeres y hombres. Sin embargo la era de la cruz  y la espada desarraigó al hombre de la naturaleza, por lo que muchas de las criaturas mágicas fueron confundidas como  meros espejismos y sueños verbalizados por las abuelas de la tierra.

 Una noche de  luna, alahi se puso a cantar, y tanto se entretuvo y tan fuerte cantaba recostada lejos de su  camalote, que no oyó que por el agua se acercaba un enorme barco con las velas desplegadas.

(canción: soy marinero y aventurero, vengo de España y olé. Quiero gloria, quiero dinero y con los dos volveré. Para mí será el dinero, la gloria para mi rey.)

-¡Callad! –dijo el capitán, -Callad, que alguien está cantando mejor que vosotros. ¿Será quizás un pintado pajarillo cual la abubilla o el estornino, capitán? – dijo un marinero.                

-Calla, que los pajarillos no cantan de noche. ¡Tirad las anclas!            -¿vamos a tierra, capitán?                                                                      -No, iré yo solo.

El  barco amarró suavemente  muy cerca de alahi, que al ver a los hombres extraños enmudeció y trato de deslizarse hasta su camalote para huir. El capitán saltó a la orilla y la sorprendió. 

Alahi se quedo quieta, mientras cundía la alarma entre todos sus amigos.                                                           

-¡alto allí!    El capitán alzó su farola                                                        -¡una sirena, vive dios! ¿Estaré soñando? ¡Que cosas se ven en estas embrujadas y patrañosas tierras!                                                 

 -Más raro eres tú, -dijo alahi- vestido de lata, acarreando la muerte en tus  manos, empuñando  la cruz con sangre en nombre de tu falso dios,  para enriquecer tus caprichos y a tus innecesarios ídolos.                                                                                                                   -Eres tan bella que paso por alto tu insolencia. Serás mi esposa y reina de los ríos de España. –el capitán se avasalló sobre la sirena y la capturó. 

El capitán la ato al tronco de un árbol. En las ramas los pajaritos temblaban por la suerte de su querida sirena.                                          -Haré un cofre y te encerraré para que no te escapes.- dijo el capitán mientras hachaba un árbol.         

A todo esto, alahi con rabia,  cantaba silenciosamente a sus amigos murciélagos  que la podían escuchar de muy lejos para auxiliarla, se había dado la voz de alarma. Varios caimanes se acercaron sigilosos. Muy cerca relampagueaban los ojos del tigre con toda su familia. Miles de monos saltaron de árbol en árbol hasta llegar al de Alahi, las mariposas estaban agazapadas entre el follaje. Las tortugas hicieron un puente desde la otra orilla para que los armadillos pudieran cruzar.                                         

Cuando estuvieron todos listos, un papagayo dio la señal de ataque:   -¡ahora! , Los monitos se descolgaron sobre el capitán, chillando y tirándole de las orejas.  Los caimanes le pegaron feroces coletazos. Las mariposas revolotearon sobre sus ojos para cegarlo. Dos culebras se le enredaron en los pies para hacerlo tropezar. Luego llegaron los mosquitos y obligaron al capitán a escapar despavorido y trepar por una escala de cuerda hasta la borda de su barco.

–¡Alzad el ancla, levad amarras, izad las velas, huyamos de esta tierra de demonios! Mientras el barco soltaba amarras, los pájaros carpinteros terminaron el trabajo picoteando las cuerdas hasta liberar a  Alahí.

–¡Gracias, amigos, gracias por este regalo, el más hermoso para mí: LA LIBERTAD!

Amanecía cuando la sirena volvió a su camalote, escoltada por cielo y tierra de todos sus amigos. Allá, muy lejos se iba el barco de los hombres extraños. Alahí tomó el rumbo contrario en su camalote y se alejó río arriba, hasta Paitití, el país de la leyenda, donde sigue viviendo libre y cantando siempre para quien sepa oírla.

 

 

Colaboración con la publicación anticarcelaria, respecto a 81 presxs asesinados en la carcel de San Miguel, dentro del territorio dominado por el estado $hileno